Con su empresa de aceite de oliva de la provincia de Colchagua, la familia Behms entrega a sus clientes un producto de calidad internacional.

Éxito de la Pyme_

Alto Olivar es una empresa familiar. Rodolfo Behm (62) y Mónica Sáenz (54) compraron un terreno el Lolol 20 años atrás y hace 10 comenzaron a producir aceite de oliva de forma artesanal. En 2015 decidieron emprender con una empresa formal, incorporando a sus tres hijos: Christian (46) se hizo cargo de la parte administrativa y comercial, Adriana (26) se especializó en la producción y exportación, mientras que Amanda (23) se enfocó en entregas, distribución y logística.

El éxito lo atribuyen al esfuerzo por crear algo diferente, a persistir y a conocer a sus clientes. “Siempre estamos buscando nuevas formas de hacer que nuestro aceite de oliva sea el mejor para el consumidor. Escuchamos lo que tienen para decirnos y nos vamos adaptando a sus necesidades, siempre teniendo en cuenta que nuestro foco es la alta calidad y el diseño diferenciador”, asegura Adriana.

“La conectividad de Entel Empresas es vital para nosotros, basta no estar conectado un día para perder un cliente, y en las etapas iniciales uno no se puede dar el lujo de eso. Además, es la única que funciona bien en Lolol”.

Su historia_

“Mis papás compraron el huerto hace 20 años y hace 10 que es productivo. Ellos elaboraban aceite de oliva en bidones, como hacen muchas personas en la zona, y eso se vendía a los conocidos. A la gente le gustaba, así que quisimos hacerlo más masivo y mejorarlo, para dejar de ser un producto artesanal”, cuenta Adriana. Fue así como nació Alto Olivar, cuando en 2015 formaron oficialmente la sociedad, cambiaron la forma de producir, lo que resultó en la creación de un producto premium.

“Hemos ido creciendo, pero el camino ha sido complejo. Al ser una empresa familiar en un principio fue difícil definir los roles de cada uno y había bastantes roces de personalidad”, recuerda Adriana. Hoy en día han logrado ordenar su gestión y el negocio es rentable por sí solo.

Cómo lo hizo_

Lo que comenzó como venta artesanal se fue profesionalizando, por lo que en 2015 pidieron un préstamo para poner en marcha el negocio con el nuevo enfoque. Como el producto no era conocido, tuvieron que tomar el desafío de posicionarse como marca: “En Chile es complicado, porque el aceite de oliva es casi un commodity y hay gran variedad. El escenario ha ido cambiando de a poco, pero este tipo de productos la gente los compra por precio, mientras que nuestro foco está en la calidad y la presentación”, explica Adriana.

Para eso, han aprovechado la asesoría que entrega ProChile, con el que a partir de septiembre comenzaron a exportar sus productos a Miami, y próximamente también a Nueva York. “Ha sido un crecimiento progresivo, pero ha sido difícil, porque así es meterse a otros mercados”, reflexiona la ingeniera agrónoma. Hoy en día, Alto Olivar cuenta con tres variedades: Picual, Sevillana, Frantoio y Arbequina que envasan en botellas y bidones que son diseñados y traídos desde Italia.

Proyecciones_

Alto Olivar está presente en tiendas gourmet, que son nuestro nicho, pero esperamos poder expandirnos al retail y a mercados internacionales donde la gente priorice el consumo de productos premium”, dice Adriana. Sus proyecciones para el futuro también implican crecer en cuanto a variedad, para tener uno especializado para cada tipo de cliente.

“Siempre buscamos mejorar nuestro aceite de oliva para crear uno de los mejores de Chile y que sea reconocido tanto acá como en otros países”, concluye.

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